¿Existe una foto viva? ¿Cómo puede una superficie de dos dimensiones, que no supera casi nunca unos cuantos centímetros de largo por otros tantos de ancho, extender el instante de vida del que salió? ¿Cómo hace para no convertirse en una pequeña mariposa disecada, unida a un corcho por dos o tres agujillas, una de esas bellezas muertas que se ven en los museos de ciencias naturales? Es un misterio, igual que es un misterio la hoja de un árbol, que parece que no respira, pero lo hace quietamente. En esa respiración corta y silenciosa puede sentirse la respiración de toda la naturaleza, y toda la plenitud del árbol puede verse en la hoja quieta. 

Hacen falta dos cosas para que una foto de boda se parezca a la hoja. Primero, está claro, los novios. Se puede pensar que menuda evidencia, que eso todo el mundo lo sabe. Todo el mundo lo sabe, sí, pero no todo el mundo sabe que el fotógrafo, cuando se pone detrás de la cámara y tú te pones delante, tiene que parecerse más a la lluvia que al trueno. Él tiene que dar vida al producto de su trabajo, pero con calma, y la vida y la memoria solo salen de ellos, de los novios. La tranquilidad y la belleza de los novios son el centro de todo. Roberto y David trabajan con calma y cariño, y los novios delante de ellos tendrán la tranquilidad que se tiene cuando se está bien y se sabe que todo está en su sitio. La otra cosa que hace falta para que la foto sea como aquella hoja es la luz.

Las fotos de Roberto y David se alimentan de lo mismo que una planta. La tierra, el suelo vivo, es importante; y la luz. Por eso, la foto va y viene, sale de la vida y vuelve a ella, y se queda para ser el reflejo más fiel de lo que era: vida. Si hay una unión posible entre hoy y mañana, esa es la foto. 

César de Bordons